martes, 7 de febrero de 2012

Bienvenido al país del desmadre.
Donde cada uno hace lo que quiere.
Donde el pobre se come al rico y el rico lo es por sus amigos y familiares y no por el dinero.
Porque aquí quisimos más y más dinero y al final no había nada más. Ladrillos de 50 € y toldos de a peseta. Cada cosa era moneda o billete, hasta que le pusimos fin.
Otro día abolimos la gravedad, pero esta aún hoy no se da por enterada.
También quisimos que el agua del mar se desalara y subiera por los ríos y al final entró en razón y acabo con la sequía, resulta que al mar también le da pena la gente que se muere de sed.
Otra vez hicimos horarios con las nubes, de chubascos, precipitaciones, niebla, granizo y nieve, para que nadie pereciera en sus envites, pues a ellas les preocupa la seguridad como al que más.
Conseguimos también que el resto del mundo quisiera seguir nuestro ejemplo, pero no estaban preparados para hablar con la naturaleza, y exigían al mar, o las nubes, cuantiosas indemnizaciones que sus legiones de abogados habían calculado de antemano.
O pedían horarios imposibles para la apaciguada vida de estos fenómenos.
Así que de un plumazo la tierra se hundió y emergió de nuevo un solo continente con la gente que alguna vez había escuchado la llamada de la naturaleza.

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