Él siempre quiso tener alguien a quién amar, nunca antes había querido llenar de abrazos, de besos y de risas, a quién llevarle el desayuno y cantarle o contarle cosas para dormir, llevarle la comida para arañar cinco minutos con ella, o invitarla a comer y no recordar luego nada de eso.
Él siempre soñó con esa persona, y ahora la tenía delante de sus narices, ya había hablado lo suficiente con ella como para imaginarse hasta el nombre del tercer perro que podrían llegar a tener y había soñado más con ella en apenas un mes que los aventureros con el dorado, además había escalado con ella un monte campo a través y lloviendo como dos locos que no harían eso por nadie más, o eso quería creer.
Entonces cuando ella le empujo sutilmente, jugando, contra una maquina de tabaco, mientras esta se hundía le entraron unas ganas hasta entonces inéditas de darle un beso. No un beso en la mejilla, ni de despedida.
Quería darle un beso que transmitiera todo el tiempo que llevaba esperando por ella. Que enviara una pizca de lo que ya la amaba, para poder ser feliz.
Entonces ella lo facilito todo, le dio un cabezazo, él le cogió la cara, se la puso mirando a la propia, busco sus labios, mientras sus ojos intuían los de ella entre el pelo revuelto, de repente un torbellino se lo llevo bien lejos, y el vacío que siempre estuvo dentro de él se desvaneció.
Dicen, que desde entonces el chico es feliz.
De ella, poco se sabe, salvo que es perfecta para él.
No me canso de leerlo^^
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